Se lo repartieron todo, pero el Saprissa seguía vivo…

El precedente era claro: el Saprissa era capaz de resolver en 4 partidos un campeonato que había sido lamentable, sembrando muchas dudas en muchos partidos, incapaz de ganar un solo partido a los 3 rivales principales. Ya lo había hecho hace apenas 1 año, pero esta vez, de nuevo, todos se repartieron los regalos antes de tiempo, y vieron con menosprecio al Saprissa en la fase final.

Al principio del campeonato el saprissismo vio cómo Jeaustin Campos era incapaz de comprender que en el fútbol es imposible lograr el éxito jugando sin mediocampo y que, teniendo a su disposición al jugador más talentoso de su equipo, Marvin Angulo, precisamente para ocupar esa posición, lo relegaba al banquillo o a la banda derecha. Un experimento terrible destinado al fracaso.

No fue sino hasta que Douglas llegó al banquillo que el equipo comenzó a intentar nuevas formas de modificar su estilo de juego, de manera que pudiera equilibrar la defensa con el ataque. Douglas lo intentó con línea de 4 defensores, además de darle el mando del mediocampo a Marvin Angulo, incluyendo así a un tercer mediocampista creativo para poder darle libertades a los extremos, que hasta ese momento habían tenido que desempeñar las funciones creativas que faltaban en el centro el campo.

Es por eso que Watson mencionó, en medio de las celebraciones, el importante aporte de Douglas en la dirección técnica. No obstante, no siempre fue fácil, y el Saprissa llegó a la fase final del torneo con muchas dudas.

Pero es allí precisamente en donde cobra vida la legendaria frase de don Jorge Guillén, convertida en proverbio por el saprissismo. Es una de esas cosas hermosas que nos brinda el fútbol. Nada nunca está escrito, todo puede suceder, especialmente cuando se trata del club que, con 9 hombres, logró una victoria épica en el Morera de la mano de Sequeira y Drummond, el único que subió a un podio de la FIFA… el único que fue a Japón. Porque el Saprissa, le duela a quien le duela, es el club más importante de este país, y eso lo saben todos los aficionados al fútbol en Costa Rica en lo más profundo de su intimidad, por más que les duela reconocerlo. Primero está el Saprissa, después está el Saprissa en crisis, y después, un par de escalones por debajo, están todos los demás.

Y aun a sabiendas de esa máxima, en donde el Monstruo siempre será peligroso mientras tenga vida, los rivales menospreciaron al Saprissa, se rieron de sus “princesos”; dieron al Saprissa por muerto y se dedicaron a hacer repartición de ganancias, de chistes, de glorias, de copas, de coronas… pero se olvidaron de repartirse el fútbol, y eso fue lo que el Saprissa recuperó.

Al Saprissa solo le hicieron falta 90 minutos para deshacerse a un Herediano que, ante tal clase de baile y humillación futbolística, solo supo recurrir a un gol que nadie supo si entró o no, como si eso hubiera cambiado el hecho de que el Saprissa los destrozó en la cancha. Fútbol arrollador y golazos de Colindres y Angulo, es todo lo que se puede decir. Para la vuelta en el Rosabal, Heredia ya estaba muerto, aunque no así la siempre repudiable y asquerosa actitud de algunos de sus aficionados y la actitud permisiva de su club. Y ni así, porque el Saprissa ya estaba en la final.

Ante Alajuela, el Saprissa siempre fue más, siempre fue por la victoria, y el premio llegó de la mano de Francisco Calvo, despreciado y humillado por el Herediano al firmar por el Saprissa pero que ahora vivía en carne propia la razón por la que había tenido que sufrir: tocar la gloria. Dos veces.

Imperiale, que estaba fuera del equipo antes de los 90 minutos en Alajuela, remató en el área liguista para acercar al Monstruo al título, y Colindres, una vez más, se convertía en héroe saprissista, con una celebración que hizo recordar a Drummond en 1998, cuando hundió al Alajuelense en ese mismo escenario.

Una vez más, el Saprissa se coronaba en el Morera Soto. Una vez más, silenciaba a todo el antisaprissismo que ya se lo había repartido todo antes de tiempo. Y así, con fútbol, pasión y orgullo, el Monstruo demostró, una vez más, que como lo dijo don Jorge Guillén: “No se repartan nada mientras el Saprissa esté vivo”, a lo que yo le agrego: Ni cuando lo vean muerto, porque resucita.

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Jonathan Salazar Azofeifa

Jonathan Salazar Azofeifa

Periodista y co-fundador de Deporticos. Estudió en la Universidad Internacional de las Américas, actualmente cursando la Licenciatura. Especialidad en deportes no tradicionales y legionarios. Como buen "tico", amante del fútbol nacional e internacional y seguidor del equipo de todos: "La Sele". Dominio de los idiomas inglés y portugués. Experiencia previa en el programa de radio, Atardecer Deportivo, bajo la dirección de Miguel "Alacrán" Delgado.

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