Así perdimos a la generación que cambió España | Sociedad

Así perdimos a la generación que cambió España | Sociedad

| El coronavirus ha sido la última prueba de resistencia para toda una generación. El 86% de los casi 30.000 muertos reconocidos oficialmente en España tenía más de 70 años. De ellos, el mayor porcentaje superaba los 80. Y podrían ser muchos más, según los datos del exceso de fallecimientos de este año respecto al anterior publicados por el Instituto Nacional de Estadística. Pertenecen a una generación que creció en la posguerra y que, tras atravesar la dictadura, protagonizó una regeneración formidable de su país. Su esfuerzo fue el catalizador del ascenso social de su hijos y nietos. Su lucha cimentó la democracia. Al final, en sus casas, en hospitales o en residencias, auténticas trampas sin salida, muchos fallecieron solos, después de haber dado tanto. Esta es la historia de vida y muerte de algunos de ellos, contada por los que les han sobrevivido. |

A los que sufrieron la guerra; los que pasaron hambre durante la tísica posguerra; los que atravesaron la larga noche de piedra del franquismo, ¡Franco! ¡Franco! Franco!; los que tuvieron que emigrar y luego volvieron y los que vieron emigrar a los que no volvieron; los que fueron obligados desde niños a creer en Dios; los que iban a misa a regañadientes y los que iban dichosos; los hombres que trabajaron y trabajaron y trabajaron y las mujeres que criaron –y trabajaron y trabajaron y trabajaron–; los que impulsaron el desarrollismo y pudieron comprarse su primer coche (un Simca 1200, un Renault 6, un Seat 850) y disfrutarlo, cuidarlo, venerarlo; las que necesitaron permiso paterno para independizarse antes de los 25 años o permiso de su marido para poder tener un empleo y, también, las que después de todo eso pudieron ponerse un bikini; los que nutrieron el movimiento sindical y, también, los que no lo hicieron; los que escucharon “Españoles, Franco ha muerto” y los que escucharon “Puedo prometer y prometo”; los que no pudieron estudiar pero un día vieron a sus hijos y a sus nietos sacarse carreras y ser abogados, doctoras, arquitectas, ingenieros, profesores, científicas y tantas otras cosas que tanto los llenaron de orgullo; los que votaron al PSOE y los que votaron al PP; los que llegaron a comprarse una segunda vivienda en la costa; los que después de una vida de tanto curro pusieron los pies a remojo en las playas de Benidorm; los que después de que cayera Lehman Brothers abrieron la hucha para apoyar a sus hijos, a sus familias y a la economía nacional; los que vivían jubilados en sus casas; los que vivían jubilados en residencias; a los miles, miles, miles, miles de mayores que se tragó la bola de nieve del coronavirus. Descansen en paz.

Cap 1.

Todo saldrá bien

JOSEFA SALA VAÑÓ (1936-2020) Alcoi (Alicante)

En Alcoi (Alicante) hay un edificio del siglo XIX que es objeto de leyenda desde que, durante una reforma, un guardia nocturno dijo haber visto a una mujer en bata blanca que se apareció y se esfumó enseguida filtrándose por un muro de piedra.

Hoy ese lugar es una residencia gestionada por la multinacional DomusVi, que cuenta con la mayor red de geriátricos en España. En el de Alcoi se encontraba Josefa Sala Vañó, una mujer nacida en 1936, con el inicio de la Guerra Civil, y que fue amamantada por una vecina porque su madre se pasaba el día en una fábrica que hacía ropa para los soldados republicanos. De niña la pusieron a estudiar corte y confección, cuenta su hijo Jorge, dulce y ojeroso, y en la adolescencia entró en el taller de una modista. Más tarde se casó con Miguel, un empleado de Hidroeléctrica Española.

Ama de casa, devota de María Auxiliadora, disfrutaba de ir con su marido y sus dos hijos en verano a la playa para juntarse con otros alcoianos. En 1969 se compraron su primer coche, un Seat 850, y en 1980 su último piso. Josefa se había trasladado a la residencia hace cuatro años. La casa está desordenada, llena de cachivaches. “Lo hondos que pueden ser los armarios”, suspira Jorge, revolviendo aquí y allá. “¡Al fondo de uno me he encontrado un hacha! ¡Para qué querría mi padre un hacha?”.

En una casa familiar abandonada cualquier objeto parece un enigma, como si tras su apariencia banal se escondiesen verdades insondables. Una plancha Philips. Una botella de brandy Veterano. El título enmarcado de su hijo mayor, Miguel Ángel, como Ingeniero Técnico de Electricidad concedido por el rey Juan Carlos. Un paquete de quitadesteñidos Iberia. Una carta del ministro de Seguridad Social en la que se dirige a Josefa como “Estimada pensionista” y le comunica que el sistema público de pensiones “se asienta sobre bases extraordinariamente sólidas”. Una caja llena de naipes, y otra grande que pone My First Real Microscope. En el salón sigue la mesa de madera donde comieron los cuatro toda la vida. Josefa preparaba a menudo puchero valenciano, pimientos rellenos de arroz o borreta, un guisote de acelga, bacalao y patata.

Jorge ha hecho un registro de lo que pudo saber de su madre a través del centro. Dice que era “prácticamente imposible enterarse de lo que ocurría allí dentro”. Día 26 de marzo: “Videollamada. Mi madre postrada con mala cara. Solo unos minutos”. Día 27: “12.00. El doctor me comunica que mi madre ha tenido una crisis. Quedo esperando a que me vuelva a llamar. En vista de que no lo hace y habiendo sobreentendido que podría estar muriéndose, me decido a hacerlo yo. Siempre me contestan que le pasan el mensaje al doctor”. Día 28: “14.10. Como parece que el doctor no tiene pensado llamarme y necesito saber algo más, les envío un mensaje con una fotografía de la ley 41/2002 sobre los derechos del paciente y el derecho a la información. A las 14.30 me contactan. No el doctor en persona. Cuando solicito una videollamada, me comunican que ya no es posible porque han sedado a mi madre. Han pasado 26 horas para que me digan esto”. Última anotación, 30 de marzo: “13.00. Me comunican que mi madre ha fallecido en la más estricta soledad”.

Jorge Santonja, en la vivienda de su madre Josefa Sala en Alcoi.

Durante las semanas más críticas fallecieron 73 de los 139 residentes de DomusVi en Alcoi, según la propia empresa. Es un ejemplo de la catástrofe que se vivió en los geriátricos. En los centros sociosanitarios, la mayoría residencias de ancianos, murieron, al menos, unas 19.613 personas con el virus o con síntomas compatibles, según datos de las comunidades autónomas recogidos por este periódico.

Muchos de ellos se incluyen en el cómputo total oficial de víctimas mortales que dieron positivo en coronavirus, 28.330 personas. Otros, no, por lo que la cantidad final de mayores que perdieron la vida directa o indirectamente por la pandemia podría ser muy superior. De hecho, desde el inicio de la crisis sanitaria en marzo hasta junio se registró un exceso de mortalidad sobre lo previsto de más de 37.000 personas de 70 años.

Los familiares de los fallecidos ya han acudido a los tribunales. Hasta el 15 de junio, la Fiscalía había contabilizado 224 denuncias. Una treintena de deudos del centro de Alcoi se han agrupado y analizan acciones legales. “Necesitamos conocer el origen de esta tragedia”, dicen en un comunicado. La directora asistencial de DomusVi, Fini Pérez, argumenta que era una situación para la que no estaban preparados “ni la Administración ni las residencias” y vincula el desastre de Alcoi a la elevada media de edad de sus residentes y a que la Comunidad Valenciana fue uno de los focos más tempranos de la crisis.

A mediados de mayo, el noble edificio del XIX donde un guardia vio una noche un espectro permanecía clausurado. En la acera dos vecinas hablaban de conocidos que murieron dentro: “Una tía de mi marido. Dos, ¿no? No, una infectada y la otra murió. Pero no se supo si era de eso o no, porque no les hacían las pruebas. Sí, sí, sí se la hicieron. ¡Ah! Y la madre de Lola también. Y la de Amparo, mi amiga, también. Sí, iba a dos o tres por día. ¡Uy, no paró, no paró!”. En una puerta del geriátrico había una manta con letras de colores. Resistiremos. Todo saldrá bien. Muchas gracias.

Cap 2.

14 horas y 40 minutos

ALFONSO ALAIZ BAÑOS (1940-2020) MÁRTIRES CARRASCO MARTÍNEZ (1939-2020) Basauri (Vizcaya)

El jueves 19 de marzo, en Basauri, al lado de Bilbao, Alfonso Alaiz Baños es trasladado desde su casa al hospital a las dos de la tarde. Tiene 80 años. Tenía salud. Tras ocho horas de espera, le dicen que tiene el virus. Y escucha: “Neumonía bilateral grave”.

Al día siguiente, llama desde el hospital a su hija. No se le entiende bien. Se le oye la voz muy cansada. Su máscara de oxígeno hace ruido.

–Cuida de ama –dice.

Ama es madre en euskera.

Alfonso nació en Calzada de los Molinos, en Palencia. Su padre murió joven y tuvo que ponerse a trabajar la tierra. Hizo la mili en Portugalete. De la mili tenía el recuerdo de un episodio memorable. En un ejercicio de supervivencia por el monte se perdió. Pasó horas angustiado, hasta que se encontró con una familia gitana que estaba acampando por allí. Le explicaron cómo recuperar el camino, pero antes le pidieron que fuese su huésped y cenase con ellos. Habían hecho un sabroso guiso de pollo. Al terminar y ver a Alfonso tan satisfecho, se rieron y le dijeron que no era pollo sino rata de río, una clase de topillo de ribera –distinto de la rata de alcantarilla– que existía cuando las aguas iban limpias y que dignificó Miguel Delibes en su novela Las Ratas (1962). “Fritas con una punta de vinagre son más finas que las codornices”, decía uno de sus personajes. Le gustaba contar aquello, a Alfonso, tanto como la historia de cómo conoció a su mujer. Un día fue a una tienda de fotografía para mandarle un retrato a su novia del pueblo. Se entretuvo charlando con la chica del mostrador. La foto nunca llegó a Calzada de los Molinos.

A la chica del mostrador, Mártires Carrasco Martínez, aquel muchacho le gustó de primeras. Ella también era castellana, de Hontanas (Burgos), donde nació en 1939. En los sesenta, como allí no había labor más allá del campo, emigró al País Vasco.

Mártires tuvo tres hijos con Alfonso y se dedicó a la casa. Si ya la cultura española había relegado de siempre a la mujer al hogar, el franquismo, por convicción ideológica y por reacción al igualitarismo republicano, apretó aún más esa tuerca y dio un nuevo y sistemático impulso al confinamiento de la mujer a lo doméstico y a la maternidad, con la Iglesia y la Sección Femenina de la Falange como encargadas de la operación. En 1960, según datos de Comisiones Obreras, las mujeres eran solo el 18% de la población activa; hoy, son el 46%.

Alfonso entró a trabajar en la fábrica de ruedas de Firestone y los fines de semana ejercía de fotógrafo de bodas, bautizos y comuniones, con Mártires como asistenta de producción. Lo hizo hasta los ochenta, cuando se metía incluso en las discotecas en fin de año a ofrecerles retratos de calidad, con toda cortesía, a chavales medio cocidos. Tras la prejubilación empezaron a viajar. A la vuelta de un viaje del Imserso, anunciaron a sus hijos: “Nos hemos comprado un piso en Benidorm”. Amaban Benidorm. Tanto ahorraron, que les valió para permitírselo, así como para lo prioritario, que era dar estudios a sus hijos. Alfonso les decía: “Estudiad, que si yo hubiera podido en vez de estar haciendo ruedas estaría más arriba”, recuerda en la sala del apartamento de sus padres en Basauri su hija Marisol, que buen disgusto le dio a su madre cuando se hizo punki. Sobre la mesilla hay un abanico, un bloc de notas con el teléfono de urgencias, un termómetro y una doncella rubia de porcelana.

El martes 24 de marzo, cinco días después que su marido, Mártires, que padecía demencia y estaba siempre cuidada por él, fue ingresada en el mismo hospital con igual diagnóstico: neumonía bilateral grave. Los doctores descartaron juntarlos. Alfonso se había deteriorado demasiado.

El miércoles por la mañana, Marisol recibió una llamada.

–Sintiéndolo mucho, a lo largo del día su padre fallecerá.

Alfonso murió a las siete y media de la tarde.

Al día siguiente, Marisol recibió otra llamada.

–El médico estaba llorando. Me pidió perdón porque no les había dado tiempo ni a avisarnos para que pudiéramos haber ido a despedirnos de ama.

Mártires murió a las diez y diez de la mañana.

“Es muy duro decirlo, pero yo lo prefiero así. Mi ama no podría vivir sin mi aita”, dice su hija. Aita es padre en euskera.

Mártires y Alfonso se casaron en 1965 y estuvieron juntos hasta que se murieron, 55 años después, con 14 horas y 40 minutos de diferencia.

Cap 3.

Serapia

SERAPIA UGALDE ÚRIZ (1913-2020) Pamplona (Navarra)

Serapia Ugalde Úriz tenía 106 años, 7 meses y una particular fórmula para la longevidad: “No casarse, no tener hijos y sufrir mucho”. Centenarios como ella, que vivieron la guerra como adultos, hay casi 12.000. Son la parte creciente de españoles (se ha multiplicado por 20 en los últimos 40 años) que ocupa la cima de antigüedad de una pirámide de población en proceso de envejecimiento. Uno de cada cinco habitantes de este país, más de nueve millones, tiene más de 65 años; en 1970, eran solo un 10%.

Serapia había nacido en Erro (Navarra) en 1913, cinco años antes de la mal llamada gripe española. El lunes 9 de marzo recibió la visita de Jesús, su sobrino favorito, de quien presumía ante sus amigas de la residencia por lo bien que le pintaba las uñas. “De rosa claro”, precisa Jesús, un expolicía de 62 años. Dieron un paseo y luego cantaron en su cuarto. Jesús solía ponerle canciones en YouTube en el móvil y las cantaban juntos. Ese día interpretaron un par de temas de Los Panchos, Clavelitos y la zarzuela de 1922 La montería, cuyo estribillo era “¡Hay que ver / hay que ver / hay que ver / las ropas que hace un siglo llevaba la mujer!”. Después, como venía ocurriendo desde que hace unos meses empezó a tener un mayor deterioro cognitivo, ella se desconectó de su sobrino y de YouTube y se puso a recitar, ausente, los himnos en latín que había aprendido hace décadas en la iglesia.

La centenaria Serapia volaba en su mente hacia un mundo extinto mientras en su geriátrico de Pamplona la directora, María Loperena, trataba de limitar en lo posible las visitas familiares y se apuraba con sus compañeras a “colocar hidrogeles a saco”, a decirle a los abuelos todo el rato que se lavasen las manos y a desinfectar por doquier con lejía. En el jardín del centro Amavir Mutilva, María relata la angustia que vivieron durante lo peor de la crisis, en la que de sus 184 residentes fallecieron 11 con el virus diagnosticado. El 9 de marzo responsables de residencias se reunieron con el Gobierno de Navarra y pidieron que se prohibiese de inmediato el acceso a familiares, pero las autoridades no lo hicieron hasta que el Gobierno central decretó el estado de alarma el día 14. “Hubiéramos ganado una semana crucial”, lamenta Loperena.

En casa del sobrino de Serapia conservan entre otros recuerdos de ella dos tigres de porcelana que le flipaban y el trofeo de 2ª clasificada del campeonato de bolos de la residencia. También están tres de los últimos libros que leyó en el geriátrico: El tiempo entre costuras, de María Dueñas; Hacia los mares de la libertad, de Sarah Lark; y Grandes aventureras, 1850-1950.

Serapia fue una mujer que nació con las virtudes de la curiosidad y el ansia de saber, aunque no en el mejor lugar ni en el mejor momento para desarrollarlos como ella hubiera querido. A los 12 años dejó la escuela. Ella hubiera deseado ser maestra. El médico del pueblo le dijo a su padre que Serapia valía y le recomendó que le diera estudios, pero el señor no quiso y la puso a ayudar a su madre en casa. En los 60 emigró a París: una más de los más de tres millones de españoles que se fueron a trabajar a países más industrializados como Francia, Alemania y Suiza entre mediados de los cincuenta y mediados de los setenta.

Allí sirvió durante años a una familia de aristócratas que le dio total confianza para gobernar la casa. Cuando Serapia volvía de hacer la compra, entregaba los tiques de lo que había gastado y monsieur los rasgaba delante de ella sin mirarlos. Los domingos tenía día libre. Se iba a casa de su paisana Resurrección. Ponían la radio. Bailaban solas canciones francesas. Todo lo que ganó lo ahorró y a la vuelta se compró un piso en Pamplona en el que puso un hostal para estudiantes. Lo tuvo durante los años de antes y después de la Transición y aprovechó la excitación política de sus huéspedes para pasarse horas por las noches charlando con ellos. Culta, con facilidad de palabra, pelín anticlerical –”los curas te tienen comida la cabeza”, le decía a su padre–, fue una autodidacta que entre París y la pensión de estudiantes dio asiento a su propia Ilustración.

Serapia dio positivo por covid-19 el domingo 5 de abril. Expiró diez días después por la noche. Su sobrino fue por la tarde a despedirla. Se sentó en su cama. Ella no estaba consciente. Apenas respiraba. Jesús le acarició los pies.

Cap 4.

Óleos sagrados

BENITA DE LA ORDEN MOLINA (1931-2020) TOMASA BARRIOS PEÑA (1927-2020) Vinuesa (Soria)

–Dicen que la madre del cura, Tomasa, se murió de pena –comenta Carmen en la tienda de su hija Sandra. Es una de esas magistrales tiendas de pueblo donde tanto puedes comprar un queso como un casquillo de bombilla como el Hola!

–Sandra –le dice a su hija–. Llama al cura, que venga y le cuente.

Vinuesa es un pueblo con una atractiva mezcla de caserones y arquitectura popular soriana. La residencia donde falleció la madre del cura es un palacio del siglo XVII. En la calle de Pocito está la casa de otra mujer que murió con coronavirus, Benita de la Orden Molina, de 89 años. Benita se había quedado sola después de que en enero falleciera su hermano Niceto. Sus padres, Nicanor y Práxedes, murieron jóvenes y Niceto y Benita, solteros y sin hijos, siempre habían vivido juntos. “Aquí se pasaban los dos las tardes en verano, los pobres”, dice Sandra en el patio de la vivienda, que ya se ha llenado de altos hierbajos que forman una fresca melena ondulante.

El virus se llevó a Benita el 11 de abril, Sábado Santo, en la cercana residencia Benilde de El Burgo de Osma. Llegó allí en marzo, ya en fase de estado de alarma, derivada de un hospital soriano en el que había estado convaleciendo tras una operación de cadera. El director de la residencia a la que llegó, Javier Gómez, le preguntó al hospital si estaban seguros de que Benita no estaba infectada. Le dijeron que sí. Días después, Benita dio positivo en el geriátrico y fue una sus 19 víctimas mortales durante marzo y abril –la mayoría sin haber sido diagnosticadas–. Gómez no sabe si Benita llegó con la covid o si la cogió en su centro, pero lo que puede decir por experiencia de lo ocurrido es que fue todo “un desastre mayúsculo”. Pone el ejemplo de otro centro de su grupo al que enviaron desde un hospital a un anciano, confirmando también que no tenía el virus; días después, recibieron una llamada del mismo hospital diciendo que sí lo tenía. “Se nos cayó el alma a los pies”, dice Gómez, de 74 años, protegido con una mascarilla FFP2 con capacidad de filtración del 95%. El director dice que las únicas indicaciones que recibieron del sistema sanitario fueron que tuvieran a los mayores “con paracetamol, quietos y aislados”. “Nos quedamos solos”, lamenta.

Bajando una calle empedrada de Vinuesa aparece al fin el padre José Antonio Ines Barrios. Lleva un paraguas y una bolsa con dos túper. El sacerdote perdió a su madre y a su padre en dos semanas. Su padre, Cayo, que estaba en la misma residencia que su madre, Tomasa, murió el 24 de marzo en un hospital por una obstrucción intestinal. Ella, el 6 de abril en el geriátrico, pero no de pena, como decía Carmen la de la tienda, sino con coronavirus. En la casa parroquial, donde vivió con sus padres, Jose Antonio se pone a mirar las fotos y los relicarios de su madre y se conmueve. Luego recobra el ánimo en la iglesia, contando los pormenores de su retablo hasta que se da cuenta de que se está enrollando:

–Disculpad. Hacía demasiado tiempo que no entraba nadie.

El Domingo de Ramos, José Antonio recibió el aviso final de la residencia y acudió junto a Tomasa “para darle la unción de enfermos en su cuarto con los óleos sagrados y orar junto a ella por su alma”. Lo hizo equipado con guantes, mascarilla y una bata sobre la sotana. A los pies de su cama, el sacerdote veía a su madre morir, pensaba en toda la gente que se estaba yendo y se repetía la frase de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?”. Finalmente, se levantó, miró a Tomasa llorando, le hizo la señal de la cruz en la frente y abandonó el cuarto.

José Antonio Ines, párroco en Vinuesa e hijo de Tomasa Barrios.

Tomasa Barrios Peña falleció a los 93 años, 20 minutos después de la medianoche. “No sé cómo tengo huesos”, solía decir en sus últimos años después de toda una vida trabajando, desde niña. De pequeña ya sacaba las ovejas. Cuando era adolescente trabajaba en verano en la siega y en invierno en casa del médico de El Burgo de Osma. Lo malo del invierno era que se helaba el río, y tenían que romper el hielo para lavar la ropa. Más tarde fue a servir a una casa de Zaragoza. Cuando se casó con Cayo se fueron un tiempo a Barcelona pero pronto regresaron al pueblo, de vuelta a pastorear el ganado, a cultivar la vid, el trigo, el centeno, la avena, la cebada. Tomasa trabajaba con Cayo en el campo y se ocupaba de la casa. “Las mujeres aún trabajaban más que los hombres en el pueblo, porque tenían que estar a una cosa y a la otra”, dice su hijo. En verano, fundidos por el sol tras segar toda la mañana, Cayo se echaba un rato a descansar a mediodía pero Tomasa tenía que ir a casa –a un par de kilómetros de sus tierras– a preparar la comida y regresar al campo con ella y un botijo de agua. Su hijo dice que era “una mujer curtida y alegre”. Cuando José Antonio estaba estudiando para sacerdote, una vez al mes ella recorría más de 20 kilómetros, ida y vuelta, desde el pueblo al seminario para llevarle en una bolsa la ropa limpia y volverse con la sucia.

Cap 5.

¿Quién era Fraga?

EDUARDO CIERCO SÁNCHEZ (1931-2020) Madrid

Eduardo Cierco Sánchez nació en 1931 en Valencia en el seno de una familia acomodada. De profesión abogado, especializado en Derecho Mercantil, fue un intelectual comprometido con el diálogo político para salir del franquismo.

–Eso es lo que nos falta ahora, capacidad de diálogo –dice su nieto Fabián, de 18 años, en casa de sus padres–. Hoy es todo blanco o negro, no hay consenso. Y los jóvenes no estamos aprendiendo lo que tuvieron ellos, el hablar horas cara a cara. Somos la generación de los dos segundos de atención y de la opinión unilateral.

Fabián Cierco Medina, de 18 años, nieto de Eduardo Cierco, en su habitación.

Fabián era su mano derecha. Eduardo tenía párkinson y hacía tiempo que no podía escribir en su máquina Hermes International. Para facilitar su cuidado diario, vivía en una residencia a 50 metros de su casa, donde seguía su esposa, Ana, y de la de su hijo Juan, el padre de Fabián.

Otras veces le pedía que le buscase información en Internet. Eduardo usaba ese material para preparar conferencias que ofrecía a sus compañeros de residencia. Fabián recuerda que dio una que relacionaba el mito de Eva con el descubrimiento de la australopiteco Lucy y otra sobre Trump y Obama. A Fabián lo que más le gustaba era hablar de política con él. A ambos les encantaba Bernie Sanders. En febrero hubo un lío en un caucus demócrata que se retrasó varias horas. Eduardo, impaciente, apremiaba a su nieto.

–¡Oye! ¿No han salido aún los resultados de Iowa?

–No abuelo, ha habido un problema.

Cierco fue uno de los integrantes del grupo de intelectuales que dieron vida a principios de los sesenta a la revista Cuadernos para el Diálogo como una plataforma de ideas –de moderadas a socialistas– que convergiesen en el objetivo de democratizar España. Él partió de una posición democristiana progresista y con los años, pasada la Transición, fue adoptando un enfoque socialdemócrata. Pese a que no fue radical, a Eduardo su intensa actividad política durante el franquismo le costó ser represaliado, como a tantísimos otros –con diversos grados de dureza– de los obreros, estudiantes, profesionales liberales, pensadores, artistas y ciudadanas y ciudadanos críticos, en cualquiera de sus formas, que dieron el arriesgado paso adelante de plantar cara al régimen. Según Juan, su padre siempre decía que Fraga lo metió en la cárcel de Carabanchel y a la semana fue el propio Fraga quien lo sacó a petición de Joaquín Ruiz-Giménez, exministro de Educación franquista y más tarde fundador de Cuadernos para el Diálogo. Un atractivo lío de hace medio siglo que al nieto le pilla lejos.

–¿Sabes quién era Fraga?

–Uf… Dejaría la pregunta en blanco. Es que justo la Transición la íbamos a dar en el tercer trimestre y pasó lo del virus.

Sobre la mesa de la casa hay libros de Eduardo. En las Obras completas de Ortega y Gasset, anotó a lápiz cosas como “Adoptar el punto de vista abstracto es una quimera” o “Metáforas preciosistas y monísimas”, y en su Diccionario de citas subrayó un montón como “Ninguna locura es más gravosa que la locura del idealismo intolerante” (Churchill), “Trato de ser breve / y me vuelvo oscuro” (Horacio).

Eduardo Cierco dio positivo por coronavirus e ingresó con poca capacidad pulmonar el 5 de abril en una clínica. Murió el 11 de abril, Sábado Santo.

En la segunda mitad de su vida, su pensamiento fue cambiando y terminó separándose de la religión.

–Perdió la fe –dice su hijo.

–¿En la Iglesia o en un sentido metafísico?

–No sé. Nunca hablé de eso con él en profundidad. Ahora lo lamento.

Cap 6.

Mariage d’amour

José Merino Merino (1931-2020) Mari Luz Teillet Quintana (1936-2020) Villaverde (Madrid)

A mediados de los setenta, José Merino Merino y Mari Luz Teillet Quintana se compraron su primer coche, un Simca 1200, que fue elegido Coche del Año en España en 1975. Fue el primer y último vehículo que tuvieron, porque en los ochenta José desarrolló una retinosis pigmentaria que lo dejó ciego.

José, de oficio tornero, era un hombre estajanovista. Su lema era: “Nunca tengas las manos en los bolsillos delante de alguien que está trabajando”. Pensó que perder la vista era volverse inútil, improductivo, inactivo –su peor pesadilla–. Su ánimo se resintió, pero en la ONCE encontró solución. Le enseñaron a usar el bastón, a leer braile y lo animaron a recuperar su vieja afición por la música. José se compró un piano y volcó su energía en aprenderse partituras.

Sus hijos –Alejandro, Mari Luz, Conchi– dicen que sus padres eran dos personas muy vitales y que eso les permitió reinventarse en la tercera edad pese a los reveses que sufrieron. A Mari Luz, ama de casa, le apareció en 2012 un síndrome parkinsoniano que le haría perder el habla y la movilidad. Empezó a tomar clases de pintura y le pilló tanto gusto que ha dejado una obra que su hijo Alejandro cuantifica en “unos 25 cuadros entre paisajes, bodegones y personajes”. Él tiene en su casa la versión de su madre de Arearea o El perro rojo (Paul Gauguin, 1892), un dibujo meritorio para alguien que se inició en el arte ya octogenaria y con una grave enfermedad del sistema nervioso.

“Para ella la clase de pintura fue como una pequeña tabla de salvación que le permitía transmitir sus emociones”, cuenta su hijo.

Mari Luz y José se hicieron novios en Villaumbrales (Palencia). Él se formó como de tornero en la Escuela de Aprendices de la Fábrica de Armas de Palencia. En los cincuenta emigró a Madrid y lo contrataron como oficial de primera en Marconi, un fabricante de productos electrónicos. Una vez consiguió ese puesto, fue al pueblo y le pidió a Mari Luz que se casaran y se trasladaran a vivir a la capital. Su generación protagonizó el boom del éxodo rural dentro de un cuarto de siglo –de 1950 a 1975– en el que para escapar de sus penurias y alimentar el desarrollismo diez millones de españoles se mudaron a otras partes del país, sobre todo Cataluña, País Vasco, Madrid y zonas turísticas. Mari Luz y José se instalaron en uno de los pisos nuevos que ofrecía Marconi a sus trabajadores en su Colonia Marconi. Más tarde José emigró un año a Alemania para perfeccionar su técnica de tornero. A la vuelta montó su propio taller de mecanizado y se echó años trabajando de lunes a domingo. Los fines de semana, Mari Luz iba con los niños a llevarle la comida.

Alejandro Merino, en su casa en Madrid. Sus padres, José y Mari Luz, murieron por coronavirus.

Mari Luz empezó a tener los primeros síntomas del coronavirus el sábado 28 de marzo. Dos días después, ya los tenía también José. El jueves 2 de abril Mari Luz ya estaba agonizando. Los hijos creen que José, sin decirlo, eligió hacerse a un lado para facilitar que la hija que estaba con ellos, Mari Luz, se centrase en cuidar a su esposa y optó por ser trasladado a un hospital. Una ambulancia se lo llevó a las tres y media de la tarde. Mari Luz murió a los 84 años a las cinco y media, 120 minutos después de que saliera por la puerta la persona con la que había estado casada 64 años. José, que tenía 89 años, falleció en el hospital dos días después. “Los dos vivieron juntos toda su vida y se fueron juntos, como muchas veces habían dicho que les gustaría marcharse”, dice Alejandro. Él los visitó el jueves 26 de marzo sin saber que nunca más los volvería a ver. Su madre estaba merendando y su padre estaba tocando el piano. Ensayaba su última pieza, una composición lírica y melancólica del francés Paul de Senneville, llamada Mariage d’amour.

Cap 7.

Aún huele a ella

ISABEL LORENZO LUIS (1949-2020) Igualada (Barcelona)

El sábado 7 de marzo en Igualada hacía buen tiempo. Isabel le dijo a Jesús: “Jesús, ¿vamos al baile?”. A Jesús no le apetecía. Isabel insistió. A las seis de la tarde llegaron al centro cívico Can Papasseit. Estuvieron hasta a las nueve. Una chica cantaba. Un chico estaba al teclado. Salsa, bachata, pasodobles. “Música de jubilados”, dice Jesús en el piso donde vivía con su esposa. La sala, escueta y luminosa, está tan pulcra y ordenada como el mismo día de estreno tras comprarlo de obra nueva hace 30 años por ocho millones de pesetas ­­­­–48.000 euros–, y lo diáfano del espacio, sin ella presente, remarca su desamparo: sus hombros caídos, sus manos en los bolsillos, sus zapatillas de casa, el rostro viudo con los labios cosidos de pena. Él cree que cogieron el virus allí.

Jesús González, de 73 años, con dos de sus tres hijos, Ana y Jesús, en el salón de su casa de Igualada.

El jueves 12 de marzo, la Generalitat de Cataluña ordena el confinamiento de 70.000 habitantes en un área que incluye al municipio de Igualada. El virus estallaba en esta zona, que se volvería uno de los epicentros de la pandemia en Europa. La comarca de Anoia, donde se encuentran los municipios afectados por el cierre, tuvo la mayor tasa de mortalidad de Cataluña: 42 muertos por cada 10.000 habitantes, casi el doble que la de Madrid (22,7). Más, incluso, que el punto negro italiano: la región de Lombardía (16,4).

Aquel jueves, Jesús le dijo a Isabel:

–Isabel, creo que no me encuentro bien.

Llamó al centro de salud. Le respondieron:

–Eso debe de ser gripe.

El viernes 20, Isabel se levantó de noche para ir al baño y sufrió un desmayo. Jesús, debilitado, la devolvió a la cama como pudo. A la mañana siguiente al levantarse lo primero que hizo fue llamar al centro de atención primaria.

–Eso fue un desvanecimiento –le dijeron.

Un día después, Isabel Lorenzo Luis fue trasladada de urgencia al hospital de Igualada. Ante la saturación del centro, la condujeron a un hospital privado en San Cugat del Vallés donde se habían habilitado 180 camas para enfermos de coronavirus. Isabel ingresó con 71 años y un correcto historial médico. Siempre se había cuidado. Había aprendido a nadar a los 57 años, sobreponiéndose al miedo que desde chica le había tenido a sumergirse en el agua. Isabel había nacido tierra adentro, en un pueblo de Portugal en la frontera con Extremadura, y creció del otro lado en el pueblo cacereño de Moraleja, donde también vivía Jesús, dos años mayor que ella. Cuando ella cumplió 18 empezaron a salir juntos. Una noche estaban charlando a la entrada de su casa. Jesús, “muy nervioso”, se aproximó y le dio un beso en los labios.

El martes 24, al día siguiente del ingreso de Isabel, Jesús estaba confinado en casa, solo, con tos y fiebre. Llamó al centro de salud y le enviaron una ambulancia. Después de esperar horas en las urgencias colapsadas de Igualada lo derivaron a la misma clínica donde habían hospitalizado a su esposa. Ella estaba en la planta 2. Él en la 4.

Jesús trabajó duro desde niño hasta que se jubiló, pero nada le resultó nunca tan crudo como los últimos días de vida de su mujer. El sábado 28 de marzo, las enfermeras del hospital, sabiendo que Isabel se moría, le llevaron la bandeja al cuarto de ella para que cenasen juntos. Pasaron una hora uno al lado del otro, él en una silla y ella encamada en silencio. A veces Jesús intentaba hacerle un cariño. Ella lo rechazaba. “No me toques, no me toques”, le decía, por miedo a infectarlo. “Yo nací en la miseria, pero esto sido lo peor que me ha pasado en la vida”, afirma Jesús. Dos días más tarde, moría Isabel Lorenzo Luis. “Siempre nos preguntaremos si realmente se hizo por ella todo lo posible, o si la dejaron evolucionar sin darle la oportunidad de ser atendida en la UCI por tener más de 70 años”, dice su hija Ana.

Isabel fue una mujer laboriosa. Tanto en talleres como en casa cosió y confeccionó cantidades ingentes de ropa. Lo último que hizo para su nieto de siete años fue un muñeco de ganchillo con una gorra verde del revés, como de rapero. No llegó a dárselo en persona. Ya enferma, se lo enseñó por videollamada durante la cuarentena días antes de ser ingresada. Cuando su hija Ana volvió a entrar al piso de sus padres después de fallecer su madre, recogió el muñeco. El niño, al ver a su madre desolada con el muñeco en brazos, le dijo: “Te lo regalo”. Ana lo ha guardado en su vestidor. “No hay día que no lo bese y lo huela. Aún huele a ella”.

Cap 8.

150 canelones

CARMEN CANO AGUILERA (1931-2020) Vilanova del Camí (Barcelona)

David busca en Google cada vez que su padre le dice el nombre de una de las hierbas que comía su abuela en la posguerra. Las tagarninas, que eran una especie de cardillo silvestre. Los jaramagos, unas plantas invasivas de hojas ásperas y arrugadas que son comunes entre los escombros. O las collejas, que nacen en tierras incultas.

–Tuvo una vida jodida tu abuela –le dice Antonio.

Carmen Cano Aguilera murió a los 89 años el 15 de abril en la residencia Amavir de Vilanova del Camí, un pueblo pegado a Igualada e incluido en su trágica área de confinamiento. En este geriátrico de 180 plazas perdieron la vida 55 mayores durante la crisis, según datos de la Generalitat de Cataluña. En un correo, esta compañía, que dirige 43 residencias en España, considera “muy injusto que se estén utilizando los datos para culpar a las residencias de los fallecidos, porque hemos tenido que enfrentarnos a esta pandemia sin recursos sanitarios, sin test y con muchísimos problemas (y en ocasiones imposibilidad) para que atendieran a nuestros mayores en hospitales”. El hijo de Carmen no culpa al centro de lo que sucedió –”nadie se esperaba algo así”– pero cree que sus gestores no fueron “transparentes” con las familias; y pone en su teléfono móvil un audio de aquellos días en el que se decía que en el centro estaba “todo correcto”.

En su último mes de vida, Antonio solo pudo ver a su madre en un par de videollamadas. Enseña un vídeo que les envió una empleada. Esta le pide que mande un saludo a su familia. Carmen, sentada en una silla, está desfondada y apenas consigue acercarse la mano a la boca para lanzar un beso flojucho. En sus días finales de agonía ya no quería comer. “Se murió del virus y de no poder vernos”, dice su hijo.

Sobre la mesa de la sala están los paquetes de tabaco de Antonio y David y el certificado de defunción de Carmen. “Causa inmediata: Insuf. respiratoria aguda. Causa inicial o fundamental: covid-19 positivo”. Falleció a las cinco de la madrugada y por la mañana Antonio se vio con una madre muerta, sin un cuerpo que despedir y con un tipo de una funeraria mandándole por WhatsApp fotos de féretros para escoger.

Carmen nació en Almedinilla, Córdoba, en una familia pobre. Fue niña durante la guerra y adolescente durante la posguerra. Se casó con un hombre que “era una buena persona, pero demasiado dominante”. Tuvo siete hijos varones. Emigró con su familia de Andalucía a Cataluña para que su prole buscase trabajo. En 2015 se le fueron en solo dos meses su marido de un ictus y un hijo de un cáncer. Se quedó sola, derrumbada en casa. Al cabo de unos meses, entró en la residencia de Vilanova del Camí.

–¿Qué aficiones tenía?

–No sé –mira David a su padre–. Yo creo que no tenía así ninguna afición.

–Bailar le gustaba –dice Antonio–, pero mi padre no la llevaba.

Como tenía poco dinero, el día de la mona de Pascua, típico en Cataluña, a David en vez de regalarle un huevo de chocolate le regalaba pestiños hechos por ella, típicos de Andalucía, y se disculpaba con el nieto por no haberle podido comprar un huevo. No podía darle un huevo de Pascua a sus 17 nietos y sustituía sus límites económicos con capacidad de trabajo. En fin de año iban tantos a comer a su casa que ya tenía tomada la medida: hacía siempre 150 canelones. David, en paro, recuerda aquellos canelones fumándose otro cigarro en la terraza. Señala a la esquina de la calle, donde está una oficina de una agencia de empleo, y dice: “Mira, ya abrió Randstad”.

En la terraza de enfrente hay una bandera. “Llibertat presos polítics”.

Cap 9.

‘Bohemian Rhapsody’

LAURA CABALLERO MARCIAL (1932-2020) Meco (Madrid)

Juan Antonio extraña a Laura, sobre todo por la noche, cuando echa la mano a su lado y se encuentra un hueco. Él siempre se acostaba más temprano y Laura le pedía que le fuese calentando la cama, porque solía tener las manos frías. Laura se quedaba viendo la tele hasta más tarde. Cuando llegaba a la cama, Juan Antonio le decía: “Trae las manos que te las caliento”. A veces ya las tenía calientes, y él se sorprendía: “Qué manos calientes tienes, Lauri”. “Sí, hoy las tengo muy calienticas”, respondía ella.

Él fue el primero en enfermar hacia finales de marzo. Un día se le disparó la fiebre a casi 40 grados. Isabel, la hija de Laura, llamó al 061. Le dijeron que podía tener el coronavirus. Que le diese paracetamol. La fiebre se le fue en un día, pero cumplió con las dos semanas de cuarentena sin salir de casa. Se quedó en su dormitorio, Laura pasó al de su hija e Isabel al sofá. Isabel fue la siguiente que tuvo síntomas. Durante unos días perdió el gusto y el olfato. Laura empezó a tener dolores de estómago a mediados de abril. Isabel llamó al 061. Le dijeron que debían de ser gases. Unos días después seguía igual y le dijeron que tal vez era un atasco intestinal. Esa tarde tomó un nolotil y cenó bien, una tortilla francesa y una pera, pero al ir a cama Isabel le vio la lengua morada.

El piso está en Meco, Madrid. La sala está llena de souvenirs que se traía Laura Caballero Marcial de los viajes que hacía “fundiéndose la pasta de la jubilación” –ríe su hija–, a veces con Juan Antonio, Juanito, a veces “a su bola”. Una mezquita azul de Estambul, una torre de Pisa, una máscara veneciana y de por medio detalles aportados por Juan Antonio como un San Gabriel Arcángel o un espantoso dragón encadenado.

A la mañana siguiente de que su hija le viese la lengua morada, Laura se levantó y al intentar caminar “se caía como un trapito”. Su doctora fue a verla y decidió que debía ser hospitalizada. Ingresa. Le hacen la placa. Le detectan una neumonía grave. Pasan dos días y ha evolucionado a peor. El médico llama a Isabel para que vaya a ver a su madre. Cuando Laura la ve llegar con Juan Antonio, les dice:

–¡Pero qué alegría! ¡Y cómo os han dejado entrar!

–Porque me he ligado al médico –bromea su hija.

Esa madrugada reciben en casa la llamada que les comunica que Laura ha muerto. Isabel todavía estaba despierta. “Yo para mis adentros aún tenía la esperanza de que lo superara. Como había superado tantas cosas en su vida”, dice, y reflexiona con amargura sobre cómo esta crisis ha machacado tanto a la gente mayor. “Me duele que les hayamos fallado tanto. Hemos tirado de ellos siempre para todo y ahora los hemos dejado ir casi como si esto fuese una cosa de selección natural”.

Juan Antonio Calvo e Isabel O’Connor, pareja e hija, respectivamente, de Laura Caballero.

Laura nació en 1932 en Madrid. Le contaba a su hija que en la guerra ella y otros niños iban a un campamento de los nacionales a sisarles mondas de patatas cuando estaban distraídos para llevárselas a casa y hacer sopa. En los cincuenta emigró a Inglaterra y se puso a trabajar en un bed & breakfast propiedad de un irlandés llamado Ernest O’Connor. Con el tiempo, Laura y O’Connor, 23 años mayor que ella y separado de otra mujer, iniciaron una relación. Laura se quedó embarazada. O’Connor le dijo que debía abortar, pero Laura se negó y tuvo a una niña a la que puso el nombre de May Elizabeth. Una May Elizabeth o María Isabel que hoy nos cuenta la historia de su madre en su casa de Meco con el pelo tintado de rubio y vestida con una camiseta impresa con una pintura de Gustav Klimt, y cuyo relato de la vida y la personalidad de Laura perfila a una española arrojada y de naturaleza almodovariana, a la que había una cosa que no le gustaba nada, nada: las películas de la Guerra Civil; y a la que había una cosa que le gustaba cantidad: las que iban de estrellas del rock británicas como Bohemian Rhapsody, sobre Freddie Mercury, o Rocket Man, sobre Elton John. Laura Caballero Marcial tenía una mentalidad libertaria no muy frecuente entre las mujeres de su generación. Cuando se iba con Juanito a Torrevieja le decía a Isabel, hija única y quien siempre vivió con ella: “Aprovecha y súbete a alguno a casa”.

Juan Antonio, protegido con una mascarilla, apenas dice palabra mientras habla Isabel. Permanece en el sofá con su batín de algodón. En el pecho lleva varias cadenas. Una de Jesús de Medinaceli, un Sagrado Corazón de Jesús, una cruz con un Cristo y otra con un colgante plateado en forma de lágrima que guarda cenizas de Laura.

Cap 10.

Nochevieja

Jesús González e Isabel Lorenzo cenaron en casa de su hija Ana, en Igualada. Isabel ayudó a Ana a lavar los platos porque era incapaz de irse a cama sin hacerlo. Carmen Cano Aguilera salió de la residencia para ir a casa de su hijo José, también en Igualada. Se fue a dormir después de las uvas. Tomasa Barrios Peña cenó en su residencia de Vinuesa con su marido, Cayo, y con su hijo José Antonio. Entrantes de jamón y queso, langostinos y pescado. Todo muy bueno. Aplaudieron a la cocinera. En Madrid, Eduardo Cierco se acostó antes de las campanadas. Había compartido mantel con su esposa Ana en la residencia. La centenaria Serapia se quedó en su geriátrico de Pamplona y Josefa Sala Vañó en el suyo en Alcoi. Alfonso Alaiz y Mártires Carrasco regresaron de su paraíso de Benidorm para pasar la noche en Basauri en casa de su hija Marisol y de su nieta Aïcha. Vieron dar las uvas a Cristina Pedroche y después salieron al balcón con unas bengalas. Laura Caballero, Juan Antonio e Isabel pasaron el fin de año en Torrevieja. Él, como siempre, preparó una piña alicorada. Esta vez con ron porque no tenía Cointreau. Como cada Nochevieja, Laura e Isabel pusieron un anillo de oro dentro del vaso para que les trajera suerte.

Ese día, el 31 de diciembre de 2019, China notificó a la Organización Mundial de la Salud la existencia de un nuevo tipo de coronavirus probablemente originado en un mercado de pescados y mariscos de la ciudad de Wuhan, situada a 10.000 kilómetros de Torrevieja, de Basauri, de Alcoi, de Pamplona, de Madrid, de Vinuesa, de Igualada.

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