El coronavirus valora el campo y el ‘Made in Spain’ | Opinión

La crisis global generada por la pandemia de coronavirus nos pone ante situaciones que creíamos imposibles, y que son similares a las que se dan en los teatros de guerra, como la escasez de determinados productos, que de repente se vuelven imprescindibles. Esta situación puede sugerir a algunos el debate entre autarquía y globalización. Quizás no sea suficiente, pero sí basta para repensar algunas cuestiones.

La mejora de la tecnología en la aviación ha acortado las distancias de tal manera que la facilidad de movimiento de la humanidad ha crecido exponencialmente en las últimas décadas. Estas instalaciones también han llegado al transporte de mercancías y han contribuido a la deslocalización. Muchas empresas han llevado la producción de España o Europa a países con menores costes laborales, lo que no debemos olvidar es la suma de menos salario y menos protección social.

La movilidad de personas y fábricas define la globalización y ha traído algunos efectos secundarios que se han hecho evidentes con la aparición de Covid-19. La contaminación por esta enfermedad se ha extendido casi a la velocidad de la luz y han desaparecido rápidamente productos que ahora son imprescindibles, como los respiradores o las mascarillas en los hospitales.

España ha entrado en lo que el Gobierno denomina la fase de contención reforzada del Covid-19, lo que ha implicado graves restricciones a los ciudadanos, con el fin de evitar que una expansión explosiva de la enfermedad colapse el sistema sanitario por falta de medios. Estamos cerca de la circunstancia de que, incluso con recursos, no podemos comprar ciertos productos, ni siquiera el Estado. De repente hay un agarre por algunos productos, y el mercado, en el que confiamos todo, no ofrece respuesta. Además, el egoísmo y el sectarismo surgen por decreto. Alemania impide la exportación de algunos productos y Estados Unidos no recibe europeos continentales, británicos, sí.

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Cuando los gobiernos, ya sean chinos, italianos o españoles, han anunciado severas restricciones de movilidad, ha comenzado el acaparamiento de alimentos y productos manufacturados vinculados al consumo diario o la salud. La alimentación y la manufactura, y obviamente los servicios de salud, se vuelven esenciales y otros secundarios. Todo lo relacionado con la educación, la cultura y el ocio puede esperar. Los servicios financieros y las telecomunicaciones son semiautomatizados y pueden gestionarse de forma remota.

Pues bien, en la última década (2008-2018) el peso del sector servicios en el PIB español ha aumentado en más de cinco puntos, hasta el 67,7%; mientras que el de la industria ha caído más de seis puntos, hasta el 19,9%, y el de la agricultura ha subido medio punto y llega al 2,8%.

Por tanto, sería bueno que determinadas áreas de la Administración y de la empresa tomen nota de las imperfecciones que está mostrando el mercado, para que cuando venga otro, que vendrá, nos pille con los deberes cumplidos y un manual de instrucciones aplicable.

Un primer análisis muestra que esta crisis nos sorprende con un sector industrial y manufacturero muy agotado. Tenemos mucha industria vinculada al sector del automóvil, y es una suerte, pero de momento apenas tiene relevancia, ya que detener la producción de automóviles es un mal menor. Sin embargo, apenas tenemos nada en el sector salud, donde nuestra dependencia del exterior es casi total. En los hospitales vemos muchas máquinas de General Electric (USA), Siemens (Alemania) o Philips (Holanda), seguramente de China, y poco Made in Spain.

Según datos de la Federación Española de Tecnología Sanitaria (Fenin) en 2018 este sector, plagado de multinacionales, facturó en España 7.800 millones, casi la mitad en exportaciones, y empleó a 25.500 trabajadores en más de mil empresas, lo que da una idea de que son empresas muy pequeñas, más comerciales que fabricantes.

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Lo que está sucediendo debería hacernos replantearnos que no puede ser bueno que un país (China) sea la fábrica del mundo y que España, Europa, haya abandonado determinadas producciones solo por el argumento de la eficiencia. Tampoco tiene sentido que muchas empresas confíen su línea de montaje a un proveedor.

La exageración de la cultura corporativa justo a tiempo, nacida en torno a Toyota y sus proveedores, también es un problema en este momento. Esta cultura se basa en mantener las existencias al mínimo, bajo la premisa de una altísima eficiencia en el suministro de pedidos. Esto ha llevado a que se pararan muchas fábricas debido a la falta de piezas en su línea de montaje.

El otro sector que obviamente es clave es el de la alimentación. En este momento, el campo español, incluida la España vaciada, cobra especial valor, no solo el cultivo bajo plástico en Almería. Por suerte seguimos teniendo un sector primario fuerte, aunque infravalorado. ¿De dónde nos vamos a alimentar si avanzamos aislados?

Fue conmovedor ver en televisión a la teniente de alcalde de Madrid, Begoña Villacís, hablando de las virtudes de Mercamadrid: “Cientos de camiones y millones de toneladas de comida al día”. Todo muy importante, pero sin agricultores y ganaderos no hay nada que transportar o reemplazar. Si es necesario, el consumidor puede ir de compras al jardín, pero lo que no podemos hacer es improvisar una vaca o un campo de trigo. Por ello, y ahora que se está negociando el presupuesto de la Unión Europea, conviene recordar que la política agrícola común es fundamental, y que cuanto más autosuficientes seamos en alimentación, mejor.

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Seguro que es el momento de producir mejor y con mayores garantías, aunque sea más caro. En las circunstancias actuales, un poco más de inflación no sería un problema si trae más empleo y menos costos sociales (desempleo) contra el presupuesto público. Porque lo que está claro es que vamos a salir de esta crisis con más déficit y deuda pública, y ya teníamos bastante.

Aurelio Medel Es Doctor en Ciencias de la Información. Catedrático de la Universidad Complutense

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